
Me encuentro inmerso en medio de un proyecto interesante: apoyar a tres organizaciones en la elaboración del plan de gestión anual. Muchos pensarán dónde radica el interés en algo que resulta tan obvio como disponer de un plan de gestión. El interés radica en que son organizaciones casi, casi recién creadas, que carecen de una estructura desarrollada y que, por tanto, van a estar muy condicionada por la actitud, la voluntad y el liderazgo de sus máximos gestores.
La primera sesión de trabajo me ha permitido vislumbrar, aunque corro el riesgo de equivocarme, y ojalá sea así, tres tipos de actitud distinta en los responsables de las organizaciones. Una, ha mostrado un elemento importante a mi juicio: voluntad de aprender. Reconocer que no está habituado a la sistematización de la gestión y que realizar una planificación e indicadores de control, por mínimos que sean, va a a servir para contribuir al desarrollo de la organización y el suyo propio como profesional.
En otro caso, desconozco si es carne o pescado. Parece que hay voluntad, pero la actitud puede estar muy preconcebida a saltarse el guión, a dejar de lado la metodología. En el tercer caso, la intuición me dice que la actitud no es proclive al desarrollo del método. Que se siente más cómodo con la improvisación que con la planificación, dando por descontado que decir planificar no tiene porqué ser sinónimo de rigidez.
Les iré contando, pero en gestión, la actitud cuenta. Y mucho.

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