Repasando en los diarios la victoria de España sobre la República Checa en la final de la Copa Davis que se disputa estos días en Barcelona se extrae una conclusión clara: el espíritu de equipo se ha impuesto a la suma de individualidades. El triunfo se ha basado en el equipo, la unidad, el apoyo constante entre sus miembros.
Sorprende el ímpetu con que un jugador que figura como reserva, Juan Carlos Ferrero, en su día número uno del mundo, apoyaba a sus compañeros sobre la pista. Sabía que, en esta ocasión, no iba a jugar. Aún así, estaba al pié del cañón, al igual que Tommy Robredo, ni siquiera reserva. Al final del partido de dobles, y con la copa ya ganada, sus compañeros elevaron por los aires a Ferrero mientras el público coreaba su nombre.
Rafa Nadal, el líder indiscutible del equipo, dejaba sus minutos de gloria a sus compañeros Verdasco y López, antes de fundirse todos en un abrazo sincero. El deporte vuelve a darnos una muestra de gestión extrapolable al mundo empresarial. A la misma hora , en un terreno de fútbol, Cristiano Ronaldo, el ídolo del Real Madrid, no se sumaba a la celebración del gol de su equipo porque había fallado un penalti. El individualismo por encima del bien común.

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